Sentí de repente como la vista se me nublaba, como si me costase mirar al horizonte, como si no existiera. Continuaba recostado mirando hacia el cielo, pero incluso así no podía mantener mis parpados abiertos. Notaba dentro de mi boca un sabor agridulce y tras él, un reguero de flujos procedentes de ella que concluía en una cascada que nacía de mi barbilla. Una potente convulsión se hizo eco de mi pecho; creo que ha sido un terremoto en mi interior. Conseguí elevar los párpados y me dispuse a flirtear con mi alrededor. Noté algo frío bajo mis piernas, pero no conseguía averiguar de qué se trataba. Las piernas también estaban apunto de desfallecer. Algo iba mal.
[…]
Yací exánime en el mismo lugar, cabizbajo. Tumbado boca arriba con los brazos abiertos, en señal de paz. Sobre mi mano una pistola de calibre tres. En mi pecho la señal de los románticos enamorados que nunca llegaron a conseguir su felicidad. Sobre la otra mano una rosa roja y una tarjeta que decía: “Siempre te querré”
“Vivimos porque respiramos, pero nuestro corazón está muerto”
Cuando sientas que la vida te pesa. Cuando sientas que el eslabón más fuerte de esa cadena que te sujeta a la felicidad esté a punto de romperse. Cuando notes que todo a tu alrededor se vuelve blanco y negro. Cuando intentes dar todo lo máximo y no seas capaz de cambiar ni una pizca de la realidad. Cuando veas que por más que “empujes” al mundo, el mundo se te echa encima. Cuando tan solo veas que existe una sola mano a la cual agarrar. Cuando las palabras que emitan tu voz queden en el aire. Cuando te ocurra todo eso, no pienses que las cosas marchan mal. En ese momento tu cuerpo no tendrá fuerza para más, pero tu mente sí. Porque nunca (y digo nunca con la boca llena) estarás solo. Siempre que mires a un lado encontrarás a esa personas que tanto esperas, amigo. Porque ahí encontrarás la grandeza de las personas, esa que solo algunos poseen. Porque un sabio dijo un día que no se ha de temer a la grandeza; algunos nacen grandes, algunos logran grandeza, a algunos la grandeza le es impuesta y a otros la grandeza les queda grande. Y es así, la vida te pone a prueba. La vida pone a prueba a esos elegidos, a los más fuertes, a esos que fueron capaces de ganar “la batalla de los millones”. Nadie es más fuerte que tú. Nadie es más que tú, y si lo es…
… no te lo creas.
“Porque cuando creas que todo ha terminado, que ya no hay más camino por recorrer, que todo haya llegado a su fin. Cuando haya llegado ese momento te habrás dado cuenta de que existe un nuevo camino”
Dicen que uno de cada tres pacientes ingresados en un hospital morirá en él, aunque algunos días el porcentaje es peor. Dicen que algún día el sol explotará y todo se convertirá en un simple grano. También dicen que nadie merece las lágrimas de nadie, porque quien realmente las merezca, no te hará llorar. Incluso he escuchado que competir es luchar por algo, pero que hay cosas por las que no se compite. Todo en esta vida tiene un significado. Todo. Lo que decimos, pensamos, hacemos, miramos. Todo tiene una pequeña explicación: las letras, los números, las imágenes. Pero a veces esa explicación es imposible de encontrar o descifrar. Nunca llega. Por eso en días como este, lo único que puedes esperar es haber aprendido algo, cualquier cosa, aunque solo sea tumbarse en la hierba y pensar en todas las cosas que todavía te quedan por hacer. No le encuentres explicación. No la tiene…
“Rompe las cadenas, porque no dejaré que nunca tengas miedo”
Tiro un dado. Sale el 6. Doy pues, 6 pasos. Me encuentro frente a la estantería. Cierro los ojos. Cojo un libro. Lo abro al azar. Página 193. Leo una palabra: exterior. Relaciono. 193 + exterior. Voy a la calle. Cuento las personas con las que me cruzo. Saludo a la 193. Me saluda. Lleva una camiseta verde. Verde = hierba. Voy a un parque. Sigo unas huellas dejadas sobre la tierra. Desaparecen al llegar al asfalto. Allí miro al cielo. Una nube tiene forma de banco. Veo un periódico sobre un banco. Le arranco una hoja. Escribo un número de teléfono y dejo mi cartera con el número dentro sobre el banco. A la semana recibo una llamada. Sería el comienzo…
¿Y si no hubiera salido un 6?… La grandeza de las personas.
Cuando de pequeños nos preguntan el animal que nos gustaría ser, la gran mayoría de los niños no dudan en responder animales como el león, por eso de ser el rey de la selva, el tigre o el perro. Sin duda esos animales se caracterizan porque son animales que vencen en cualquier situación de peligro, o simplemente porque son el animal más conocido y le tienen un gran aprecio. Yo, moviéndome dentro de mi gran rareza, opto por elegir dentro de mi infancia otro animal. Otro animal que no será tan grande ni tan fuerte como los anteriores, pero que engloba un conjunto de valores indispensables. Y ahora, ¿por qué la tortuga? Sin duda, si por algo se caracteriza la tortuga es por su lentitud. Sí, su lentitud, pero lo que nadie ve (o mejor dicho, nadie quiere ver) es que detrás de esa escasa velocidad existe un animal lleno de virtudes. Ninguno se fija en su gran constancia. Esa es la madre de cualquier éxito. Como la fábula de la liebre y la tortuga dice. Nadie sabe que poseen vista, oido y olfato de los más desarrollados entre todas las especies. O que se emocionan. O que son asustadizas y que poseen caparazón para protegerse del exterior. O que…
“Quiero ser esa persona que, cuando ya no esté, todo el mundo me recuerde con una gran sonrisa”